01 abril, 2011

Ecologistas por una hora

¡Lo habéis adivinado, otra columna reciclada! Habrá que aprovechar el material, ¿no? Un poco pasada de actualidad, pero bueno, para pensar un poquito vale. No os digo de qué va porque es absurdo, casi tanto como estas introducciones. ¡A leerlo, que no es tan largo!

El día del árbol, el día sin coche, el día de la marmota… En esta ocasión, fue algo menos, sesenta minutos, lo que se dedicó a la Tierra. Por quinto año consecutivo, entre las 20.30 y las 21.30 del pasado sábado, tuvo lugar la “Hora del Planeta”. Este evento, promocionado por World Wide Fund for Nature (WWF), consiste en disminuir el consumo de luz eléctrica por un instante, a modo de reivindicación global a favor de prácticas más ecológicas. Un objetivo tan abstracto como romántico que, en el fondo, tiene más de récord Guinness que de revolución mundial.

De hecho, contrario a lo que muchos creen, el propio WWF considera despreciable el ahorro energético producido por este periodo de apagón. En palabras de su director de Comunicación en España, Miguel Ángel Valladares, se trata de un “altavoz mundial” que “pretende llamar la atención sobre el cambio climático”. Es más, hace un año The Telegraph citó a diversos expertos que incluso aseguraron que unos picos repentinos en la demanda energética pondrían en peligro a la red eléctrica, que se vería forzada a derrochar energía para mantener un nivel de producción alto y evitar así una sobretensión.

En cualquier caso, cabe preguntarse de quién es la atención que se pretende llamar. Que la Hora del Planeta tiene una gran notoriedad nadie lo discute, no en vano es seguida por deportistas, actores, cantantes y políticos de lo más variopinto. Miles de ciudades en todo el mundo –250 en España, segunda en el ranking– se adhieren a la causa apagando sus edificios y monumentos más emblemáticos, desde la Ópera de Sydney hasta el Golden Gate en San Francisco, pasando por la Cibeles y la Sagrada Familia. Y, por supuesto, nutren así de curiosas estampas a los medios de comunicación. Sin embargo, es difícil saber quién debe darse por aludido.

Ningún gobierno, y menos un ministro de Medio Ambiente, se mostrará en contra del ahorro energético, de la reducción de emisiones de CO2 ni de la agricultura ecológica, por ejemplo. Ahora bien, no parece cuadrar del todo que el politiqueo y los intereses económicos hayan dado paso, de pronto, a un elenco de dirigentes verdes. Ni tan siquiera por una hora. En el otro lado, se encuentran los consumidores, el público en general. Aquel al que le llega un mensaje para apagar las luces de su casa el sábado por la tarde y, al hacerlo, cree haberse convertido en un ciudadano responsable y comprometido en la lucha contra el cambio climático. Aquel que, con la conciencia tranquila, se dará por satisfecho hasta el marzo siguiente.

Por supuesto que la iniciativa de WWF es muy loable, bien intencionada y, por qué no decirlo, emocionante. Pocas veces se puede ver a tantas personas unidas por una misma causa a escala planetaria. Y, sin embargo, qué difícil resulta quitarse de encima esa sensación de que todo seguirá igual. De que a la vigésima Hora del Planeta tanta reivindicación idealista y tan poco cambio real empezará a perder su sentido.