22 marzo, 2011
Paranoia nuclear
No tenía intención de atiborraros a columnas, pero por cuestiones de actualidad publico ésta que escribí hace una semana, en plena psicosis nuclear por Japón. Sí, aquel incidente que silenció a las víctimas del terremoto, que habían silenciado a libios que habían silenciado a egipcios que habían silenciado a su vez a tunecinos. ¡Pero otra vez han vuelto los libios! Así que aprovecho cuanto antes la poca actualidad que le queda a Fukushima.
Una vez más: ¿nucleares, sí o no? En esta ocasión, cuatro reactores de la central de Fukushima I/Daiichi han sembrado la preocupación en todo el mundo. En poco tiempo, se han sucedido las protestas y los anuncios de reformas y planes de evacuación ciudadana por parte de distintos gobiernos. Infundado o no, regresa el espíritu antinuclear.
Muchos dedos apuntan a Chernóbil, escenario del mayor desastre radiactivo de la historia, como ejemplo del peligro potencial de la energía atómica. Entonces, un operario provocó la fusión del núcleo tras desactivar unos sistemas de seguridad que, además, nada tenían que ver con los que rigen veinticinco años después. En el caso actual, se trata de uno de los terremotos más devastadores que se recuerdan, con el consiguiente tsunami.
Ante semejante envite, se puede decir que la central nuclear de Fukushima, situada en la costa, ha aprobado con nota. Descartada la catástrofe nuclear, sólo queda saber cuándo se estabilizarán la temperatura y la presión en los reactores y, en consecuencia, cesará la emisión controlada de gases radiactivos. Por el momento, según la OMS, se mantiene en niveles tolerables, además de que, en un perímetro de 30 kilómetros, sólo permanecen a la intemperie los 130 ingenieros que trabajan para superar la crisis. En el peor de los casos, el sarcófago exterior mantendría aislado el material nuclear.
Al fin y al cabo, esa misma planta superó el terremoto de Kobe de 1995, como tantas otras que han sobrevivido a esta nueva catástrofe. A nadie, político o empresario, le interesa que toda una región quede sembrada de un cóctel radiactivo. El verdadero debate radica en si sería sostenible el desmantelamiento de las instalaciones existentes y renunciar a esta energía. En si vale la pena afrontar el riesgo a un nuevo Fukushima.
Muchos ecologistas, con Greenpeace a la cabeza, suspiran por una sociedad basada en energías renovables. Es decir, esperan que el sol, el viento y el agua, en sus distintas vertientes, cubran las necesidades de un mundo cada vez más industrializado. Algo utópico, a día de hoy, dada su escasa potencia y rentabilidad. Por otra parte, a diferencia de combustibles fósiles como el petróleo, el carbón y el gas natural, la energía nuclear no libera CO2 a la atmósfera. Es decir, apenas contribuye al calentamiento global que hoy padecemos. No quiere decir esto, sin embargo, que debamos despreocuparnos de las emisiones radiactivas que de ordinario se producen. O del tratamiento de residuos. Pero son males menores.
Y las cuentas tampoco salen. España recurre en un 20% a la energía nuclear para su abastecimiento, parte de la cual ya proviene de Francia. Asumiendo que el coste del desmantelamiento de una central no baja de los 300 millones de euros, parece cuanto menos precipitado argüir que deberían desaparecer las pocas instalaciones actuales en favor de una titánica inversión en fuentes menos rentables. Por mucho alarmismo y oportunismo que llegue de oriente. Simplemente, no nos lo podemos permitir.
Una vez más: ¿nucleares, sí o no? En esta ocasión, cuatro reactores de la central de Fukushima I/Daiichi han sembrado la preocupación en todo el mundo. En poco tiempo, se han sucedido las protestas y los anuncios de reformas y planes de evacuación ciudadana por parte de distintos gobiernos. Infundado o no, regresa el espíritu antinuclear.
Muchos dedos apuntan a Chernóbil, escenario del mayor desastre radiactivo de la historia, como ejemplo del peligro potencial de la energía atómica. Entonces, un operario provocó la fusión del núcleo tras desactivar unos sistemas de seguridad que, además, nada tenían que ver con los que rigen veinticinco años después. En el caso actual, se trata de uno de los terremotos más devastadores que se recuerdan, con el consiguiente tsunami.
Ante semejante envite, se puede decir que la central nuclear de Fukushima, situada en la costa, ha aprobado con nota. Descartada la catástrofe nuclear, sólo queda saber cuándo se estabilizarán la temperatura y la presión en los reactores y, en consecuencia, cesará la emisión controlada de gases radiactivos. Por el momento, según la OMS, se mantiene en niveles tolerables, además de que, en un perímetro de 30 kilómetros, sólo permanecen a la intemperie los 130 ingenieros que trabajan para superar la crisis. En el peor de los casos, el sarcófago exterior mantendría aislado el material nuclear.
Al fin y al cabo, esa misma planta superó el terremoto de Kobe de 1995, como tantas otras que han sobrevivido a esta nueva catástrofe. A nadie, político o empresario, le interesa que toda una región quede sembrada de un cóctel radiactivo. El verdadero debate radica en si sería sostenible el desmantelamiento de las instalaciones existentes y renunciar a esta energía. En si vale la pena afrontar el riesgo a un nuevo Fukushima.
Muchos ecologistas, con Greenpeace a la cabeza, suspiran por una sociedad basada en energías renovables. Es decir, esperan que el sol, el viento y el agua, en sus distintas vertientes, cubran las necesidades de un mundo cada vez más industrializado. Algo utópico, a día de hoy, dada su escasa potencia y rentabilidad. Por otra parte, a diferencia de combustibles fósiles como el petróleo, el carbón y el gas natural, la energía nuclear no libera CO2 a la atmósfera. Es decir, apenas contribuye al calentamiento global que hoy padecemos. No quiere decir esto, sin embargo, que debamos despreocuparnos de las emisiones radiactivas que de ordinario se producen. O del tratamiento de residuos. Pero son males menores.
Y las cuentas tampoco salen. España recurre en un 20% a la energía nuclear para su abastecimiento, parte de la cual ya proviene de Francia. Asumiendo que el coste del desmantelamiento de una central no baja de los 300 millones de euros, parece cuanto menos precipitado argüir que deberían desaparecer las pocas instalaciones actuales en favor de una titánica inversión en fuentes menos rentables. Por mucho alarmismo y oportunismo que llegue de oriente. Simplemente, no nos lo podemos permitir.
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3 comentario(s):
Ñah, vas tomando aires de periodistucho...jajaja. Contrasta mucho la información cuando hables de cosas científicas, que como metas la pata...
Bueno, es verdad que es un artículo un poco de andar por casa. Ya pongo enlaces con algunas referencias y para ampliar datos, que aún así están bastante bien contrastados.
Y los aires de periodistucho son buena señal, porque ésta era la primera columna de tipo temático que he hecho para clase, las otras eran más literarias (estilo con el que estoy más cómodo, dicho sea de paso).
Hay dos cosas que no nos podemos permitir:
-La primera: tener un consumo de energía más responsable y menos excesivo.
-La segunda (algunos sí, pero no favorece intereses de los actuales gestores de la energía, y mucho menos en este país) es el autoabastecimiento. El autoabastecimiento es la única manera de que las energías renovables sean suficientes y eficaces, enséñale a un danés (ese ejemplo me dieron allí) un aerogenerador enorme como los que se colocan aquí y tal vez se ríe, porque sí que es cierto que los gastos de producción, mantenimiento y transporte de la energía se pueden llegar a comparar con la energía que producen. He vivido durante 8 años en una casa diseñada para aprovechar la energía térmica del sol dependiendo de la estación del año y demás recursos, las energías renovables están ahí y pueden utilizarse, pero son las maneras las que permiten que eso sea eficaz.
El suceso de Fukushima es un precio que tenemos que pagar, tienes mucha razón al plantear que es casi una moda el hablar de ser antinuclear, no nos lo podemos permitir, no nos lo hemos querido permitir, al igual que muchas otras cosas que tal vez no como la radiación, pero que también nos matan lentamente.
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