16 marzo, 2011
Cómprala otra vez, Sam
Otra columna que escribí para clase, esta vez a modo de denuncia. ¿Os suena de algo la obsolescencia programada? ¿Cuánto tiempo os dura un móvil? ¿Os ha fallado el ordenador últimamente? Por cierto, he dejado el "usted" porque mola. Espero que os guste.
Edificios de 800 metros, aceleradores de partículas, animales clónicos y robots que viajan a Marte. Quién lo diría hace tan sólo un siglo. Sin embargo, es cuanto menos llamativo que una bombilla incandescente dure hoy hasta tres veces menos que entonces. De hecho, mientras usted cambia por enésima vez la de su mesilla, otra en el parque de bomberos de Livermore (California) lleva encendida desde 1901, camino del millón de horas. La suya, camino del vertedero. Y usted, camino de la tienda.
No se sorprenda, sólo trate de pensar como un buen empresario. Es decir, tiene dos preocupaciones: vender bombillas hoy y vender más mañana. En otras palabras, crecer hasta el vértigo. Su negocio no es, por lo tanto, iluminar los hogares de sus clientes ni repartir felicidad por el mundo. Ni siquiera debe buscar la mejor bombilla. Fabrique una como la de Livermore y condenará al mercado en poco tiempo. Elija si pone fecha de caducidad a su producto o a su empresa.
Esta técnica industrial se conoce como obsolescencia programada. Desde los años 20, las empresas pactan un ciclo de vida determinado para sus manufacturas, de forma que la demanda está garantizada. De alguna manera, hoy contamos con ello. Nadie espera que su nueva impresora, sus auriculares o la batería de su reproductor de música duren más de unos pocos años. Algo acabará fallando, más temprano que tarde, por mucha marca que se compre y muchas precauciones que se tomen.
Un caso real, registrado en el documental Comprar, tirar, comprar, producido por TVE. De pronto, un error aparece en pantalla. Parece ser que hay una avería, la impresora requiere servicio técnico. El usuario en cuestión lleva el aparato a distintas tiendas, en donde lo desalientan de cualquier intento de reparación, superior a los 100 euros. “Tienes nuevas por 39”, le dicen en una de ellas. Sin embargo, el tozudo cliente descubre que su impresora –como todas– incorpora un chip que, llegado un determinado número de impresiones, provoca el citado error. La solución, en Internet: un programa gratuito que resuelve el problema de un solo click. Todo vuelve a funcionar.
Lamentablemente, rara vez tiene el cliente la razón. Al fin y al cabo, es el último eslabón de la cadena y no tiene por qué hacer preguntas. Oferta y demanda, en ese orden. Añada el desfase tecnológico y las modas, y ya tiene todos los ingredientes para atrapar a un público ávido de novedades. No obstante, tal vez las empresas deban preguntarse si este modelo es sostenible. Si tiene sentido aspirar a una producción sin límites con unos recursos finitos. Si el consumidor aceptará cambiar bombillas por mucho más tiempo.
Edificios de 800 metros, aceleradores de partículas, animales clónicos y robots que viajan a Marte. Quién lo diría hace tan sólo un siglo. Sin embargo, es cuanto menos llamativo que una bombilla incandescente dure hoy hasta tres veces menos que entonces. De hecho, mientras usted cambia por enésima vez la de su mesilla, otra en el parque de bomberos de Livermore (California) lleva encendida desde 1901, camino del millón de horas. La suya, camino del vertedero. Y usted, camino de la tienda.
No se sorprenda, sólo trate de pensar como un buen empresario. Es decir, tiene dos preocupaciones: vender bombillas hoy y vender más mañana. En otras palabras, crecer hasta el vértigo. Su negocio no es, por lo tanto, iluminar los hogares de sus clientes ni repartir felicidad por el mundo. Ni siquiera debe buscar la mejor bombilla. Fabrique una como la de Livermore y condenará al mercado en poco tiempo. Elija si pone fecha de caducidad a su producto o a su empresa.
Esta técnica industrial se conoce como obsolescencia programada. Desde los años 20, las empresas pactan un ciclo de vida determinado para sus manufacturas, de forma que la demanda está garantizada. De alguna manera, hoy contamos con ello. Nadie espera que su nueva impresora, sus auriculares o la batería de su reproductor de música duren más de unos pocos años. Algo acabará fallando, más temprano que tarde, por mucha marca que se compre y muchas precauciones que se tomen.
Un caso real, registrado en el documental Comprar, tirar, comprar, producido por TVE. De pronto, un error aparece en pantalla. Parece ser que hay una avería, la impresora requiere servicio técnico. El usuario en cuestión lleva el aparato a distintas tiendas, en donde lo desalientan de cualquier intento de reparación, superior a los 100 euros. “Tienes nuevas por 39”, le dicen en una de ellas. Sin embargo, el tozudo cliente descubre que su impresora –como todas– incorpora un chip que, llegado un determinado número de impresiones, provoca el citado error. La solución, en Internet: un programa gratuito que resuelve el problema de un solo click. Todo vuelve a funcionar.
Lamentablemente, rara vez tiene el cliente la razón. Al fin y al cabo, es el último eslabón de la cadena y no tiene por qué hacer preguntas. Oferta y demanda, en ese orden. Añada el desfase tecnológico y las modas, y ya tiene todos los ingredientes para atrapar a un público ávido de novedades. No obstante, tal vez las empresas deban preguntarse si este modelo es sostenible. Si tiene sentido aspirar a una producción sin límites con unos recursos finitos. Si el consumidor aceptará cambiar bombillas por mucho más tiempo.
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3 comentario(s):
¡Deme una bombilla de esas, de las de 1901, de las que asfixian!XD
Está bien. Es algo entre intuido y prácticamente sabido ya por la sociedad, pero el hecho de que ya se constate y se demuestre (lo del chip de la impresora, muy bueno) lo hace más flagrante si cabe.
Saludos Neuróticos...
Me ha gustado mucho tu entrada, estoy de acuerdo contigo y además creo que he querido referirme a esto en el comentario que he hecho anteriormente en tu artículo sobre el incidente de Fukushima. También coincido con el señor Elefante, en mayor o menor medida somos conscientes de esto. Todo hasta un punto, nunca es agradable darnos cuenta de lo hipócritas que podemos ser o de lo poco responsables que somos con nosotros mismos y el medio ambiente. Digo, nosotros mismos, porque me parece que lo triste de todo esto, y es la razón por la que funciona, es que este ritmo, esta mecánica, este modo de vivir... (refirámonos de miles de maneras, no soy la mejor para expresarse) lo hemos escogido porque nos aporta algún tipo de placer, satisfacción, sentimiento positivo del que no somos conscientes que solo nos servirá a corto plazo. Anteponemos nuestras necesidades al ser un consumista corriente, a poder ser más derrochador, o simplemente, volvemos esto una necesidad. Esto no nos podrá jamás hacer felices, la felicidad no depende de lo que tengamos o podamos dejar de tener, por mucho que nos lo creamos. ¿Qué es lo que nos hace felices? ¿Qué obstáculos he de superar para lograr mi felicidad? ¿A qué miedos me tengo que enfrentar? Bueno, llegar al fondo de estas cuestiones es un poco más difícil que comprarte la impresora nueva, pero me atrevo a decir, que tal vez la satisfacción lograda te dura más que su chip interno.
Creo que te llevas el premio al mejor comentario de Chispurfle. De verdad :-)
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